LA SALA ALTERNATIVA DE CINE PERUANO DESAPARECE

Javier Salvador es productor peruano de cine y gestor cultural, con más de una década de experiencia en la producción y exhibición cinematográfica. Ha participado en películas como Allá en el cielo, Tiempos futuros e Ino Moxo: El sueño del brujo, y es codirector del Centro Cultural Cine Sanbar, dedicado a la exhibición alternativa en el sur chico de Lima. Desde esa experiencia, nos comparte este detallado anállisis y reflexión con una advertencia sobre la crisis de estos espacios, fundamentales para la circulación del cine peruano, la formación de públicos y el encuentro entre las películas y sus comunidades, y además reclama políticas públicas que permitan sostenerlos más allá del voluntariado y la precariedad.

Escribe Javier Salvador

En el Perú, las salas alternativas de cine están en peligro. Y con ellas está en peligro una parte fundamental, aunque muchas veces invisible, de nuestro ecosistema cinematográfico.

Durante años, cineclubistas, gestores culturales, programadores, realizadores y pequeñas organizaciones hemos sostenido espacios de exhibición en Lima y en distintas regiones del país. Lo hemos hecho muchas veces sin sueldo, con presupuestos mínimos, trabajando en espacios alquilados, prestados, recuperados o adaptados, y dependiendo de una combinación precaria de ingresos propios, voluntariado, alianzas y estímulos públicos.

Lo hemos hecho porque creemos que una película recién empieza cuando termina de producirse. Lo hemos hecho porque sabemos por experiencia que una película logra existir plenamente recién cuando ocurre un hecho fundamental: cuando logra encontrarse con su público. Quién haya proyectado su película en un espacio alternativo sabrá lo que es una noche mágica de cine junto con una comunidad llena de curiosidad, creatividad, admiración.

Hoy ese entusiasmo se está agotando. Y cuando se agote, será demasiado tarde para descubrir cuánto dependía el cine peruano de él.

NO ES UNA SALA COMERCIAL PEQUEÑA

Una sala alternativa no es simplemente una versión menos rentable de una sala comercial. Cumple otra función. El circuito comercial está construido fundamentalmente alrededor de una transacción: se compra una entrada, se ve una película y se abandona la sala. Una sala alternativa puede hacer algo distinto: convoca, contextualiza, exhibe, conversa, forma y crea comunidad.

Es el cine que congrega a sus espectadores mediante grupos de WhatsApp, redes vecinales y comunidades locales. Es el cine que programa preguntándose qué puede interesarle a la comunidad que tiene alrededor. Es el espacio que invita a directores, productores, actores, técnicos, investigadores y críticos para que una película no termine con los créditos.

Después de la proyección viene la conversación. Y esa conversación importa. Muchos cineastas terminamos de comprender nuestras propias películas escuchando las preguntas de quienes las ven. Y muchos espectadores descubren que detrás de una película existen decisiones políticas, estéticas, económicas y humanas que nunca podrían conocer viendo la misma obra de manera aislada en una plataforma.

La sala alternativa convierte el acto individual de mirar una pantalla en un acontecimiento colectivo. No solo exhibe cine. Construye cultura cinematográfica. Y eso tenemos que impulsar y cuidar, amigos...

NO SOMOS TAN MARGINALES COMO CREEMOS

Más allá de la discusión emocional, que seguramente se terminará con la lectura de este post, quería tener números reales, porque a mí me da la impresión de que somos más importantes de lo que creemos....

La Memoria de los cines peruanos 2024 registró 94 películas peruanas durante ese año. De ellas, apenas 17 (el 18,1 %) tuvieron a la cartelera comercial como circuito de estreno. En cambio, 28 películas (el 29,8 %) encontraron su estreno en espacios alternativos.

Es decir: en 2024, más películas peruanas tuvieron como primera pantalla un espacio alternativo que una sala comercial. El mismo estudio identificó 54 salas o espacios pertenecientes al circuito alternativo distribuidos en el territorio nacional.

Entonces, no estamos hablando de una actividad periférica a la cinematografía peruana. Estamos hablando de una parte de su infraestructura de circulación. Cada año el Perú produce películas que recorren festivales nacionales e internacionales, reciben premios, representan al país y, en muchos casos (si no es en todos), han sido financiadas parcialmente con recursos públicos. Sin embargo, una fracción relativamente pequeña encuentra espacio en la cartelera comercial.

¿Qué ocurre con todas las demás?

Cineclubes, centros culturales, salas independientes, universidades, espacios comunitarios, pequeñas salas de barrio.

Y aun aquellas películas que consiguen acceder al circuito comercial suelen enfrentar ventanas breves de exhibición y una competencia feroz por horarios y pantallas. Cuando salen de cartelera, tal vez 7 días después, con más indignación que glamour, su vida cinematográfica no debería terminar.

Muchas veces es allí donde comienza otro viaje: el encuentro directo y sostenido con espectadores de distintas ciudades, barrios y comunidades del Perú. La conexión real con la audiencia, siempre con las puertas abiertas.

Incluso así, operando con esa gratuidad, existen los directores y productores que le cobran a la sala alternativa. Se sorprenderían, pero esa clase de ser, que no entiende la industria en la que está parado, y el esfuerzo impago que representa esta actividad, emerge cada cierto tiempo. Yo conozco a 3...

EL ESTADO...

Lo más paradójico es que el Estado peruano reconoce formalmente esta necesidad. El Plan de Estímulos Económicos para la Cinematografía y el Audiovisual ha identificado como problemática la falta de espacios de exhibición cinematográfica descentralizados que amplíen, diversifiquen y fidelicen públicos. También establece como finalidad promover el acceso ciudadano a una oferta cultural diversa y a contenidos cinematográficos y audiovisuales de calidad.

Pero reconocer el problema no es suficiente. En 2025, el Concurso de Salas de Exhibición Alternativa contempló una modalidad específica de sostenimiento de salas existentes: cuatro estímulos de S/75.000 para todo el país. Fue una iniciativa que creamos en nuestro chat llamado en aquel momento Salas Alternativas Coalición (junto con Andrea, Diego, Silvia, Frank, Johan, Marco, Maga, Diana y Joel), y que Silvia expuso y defendió con éxito en las mesas de trabajo, llenas de cineastas que no entendían por qué era importante mantener a la sala de exhibición alternativa...

Frente a un universo en el que ya se habían identificado decenas de espacios alternativos, resulta evidente que la escala de la política de sostenimiento está muy lejos de la escala de la necesidad!!! Y aquí existe además un problema conceptual. Una política pública concentrada en crear salas, equiparlas o ponerlas inicialmente en funcionamiento, pero que no garantiza mecanismos suficientes para sostenerlas, corre el riesgo de financiar infraestructura destinada a desaparecer.

Comprar un proyector es sencillo. Mantener una sala abierta durante diez años es extraordinariamente difícil. Una sala necesita pagar derechos de exhibición, trabajadores, programadores, alquileres, servicios, mantenimiento y renovación de equipos, limpieza, seguridad, comunicaciones, promoción, administración y una innumerable cantidad de pequeños gastos cotidianos sin los cuales simplemente no puede abrir sus puertas.

Por eso creemos que la prioridad de la política pública debe evolucionar. No necesitamos únicamente estímulos para crear salas. Necesitamos una política permanente para mantenerlas vivas.

¿NEGOCIOS DEFICIENTES O SOMOS INFRAESTRUCTURA CULTURAL?

Este punto es fundamental. La rentabilidad de una sala alternativa no puede medirse exclusivamente con la misma lógica con la que se mide una empresa comercial. Una biblioteca pública no fracasa porque el préstamo de libros no genere utilidades. Un museo no pierde legitimidad porque una exposición cueste más de lo que recauda en entradas.

Del mismo modo, una sala alternativa produce un valor que excede largamente su taquilla. Forma espectadores. Circula obras que el mercado no absorbe. Descentraliza el acceso al cine. Genera conversación pública. Acerca a los creadores a sus audiencias. Preserva la experiencia colectiva de ver una película. Construye comunidades alrededor de la cultura. Y crea públicos que después consumen, defienden y sostienen al propio cine peruano. La sala alternativa no es un negocio comercial que funciona mal. Es una infraestructura cultural que cumple una función que el mercado, por sí solo, no tiene incentivos suficientes para cumplir.

Por eso su sostenimiento no puede recaer indefinidamente sobre la pasión, el patrimonio personal o el trabajo no remunerado de quienes la gestionan. La pasión puede fundar una sala, pero no puede ser su modelo económico permanente.

UN MARCO PARA LOS DERECHOS DE EXHIBICIÓN

Existe además un problema creciente que debe ser discutido abiertamente. Algunas salas y cineclubes venimos enfrentando requerimientos económicos de empresas que administran o representan derechos de grandes estudios internacionales por exhibiciones realizadas dentro de programas culturales o de formación de públicos.

No sostenemos que los derechos de autor deban desconocerse. Todo lo contrario. Los derechos deben respetarse. Pero precisamente por eso necesitamos mecanismos que hagan posible respetarlos dentro de la realidad económica de una sala cultural sin fines primordialmente comerciales.

Una sala comunitaria de 20-50 butacas (sillas, butacas es decir demasiado) no puede negociar necesariamente bajo las mismas condiciones económicas que un complejo cinematográfico comercial. Si el Estado considera valiosa la formación de públicos, y sus propias políticas dicen que la considera valiosa, entonces debe ayudar a construir mecanismos de licenciamiento compatibles con ella.

El Ministerio de Cultura, a través de la DAFO, tan al servicio del cine y del cineasta como siempre (cuecuecue), pueda actuar como articulador para desarrollar convenios marco, tarifas culturales diferenciadas, licencias educativas y comunitarias, bolsas de derechos de exhibición o mecanismos colectivos de negociación que permitan que las salas pequeñas programen legalmente sin exponerse a obligaciones económicas incompatibles con su escala. O, mejor dicho, sin que nos expongamos a amenazas de denuncias a civiles, a INDECOPI, a dejar de operar. DAFO puede hacer un mejor trabajo... puede hacer un trabajo... puede... p...

No queremos estar fuera del sistema de derechos. Queremos un sistema de derechos en el que también sea posible existir.

LA BUROCRACIA CIERRA SALAS

A las dificultades económicas se suman barreras administrativas que muchas veces no corresponden con la realidad material de los espacios culturales independientes. Existen salas que funcionan en inmuebles recuperados, espacios comunitarios, locales cedidos, predios sujetos a procesos de regularización o lugares administrados legítimamente por personas que no necesariamente cuentan con toda la cadena documental que sería exigible a una gran empresa.

La seguridad del público, las licencias y el cumplimiento de la ley son indispensables. Pero formalización no puede convertirse en sinónimo de exclusión.

El Estado debe diferenciar entre requisitos esenciales para garantizar seguridad, transparencia y correcto uso de recursos públicos, y requisitos documentales cuya rigidez termina expulsando precisamente a los proyectos comunitarios que una política de descentralización cultural debería intentar incorporar.

Necesitamos acompañamiento para formalizarnos, no procedimientos diseñados como si todos partiéramos de las mismas condiciones. Lo digo exclusivamente por las bases de DAFO para los estímulos a sala alternativa. Piden de pronto que todos los papeles estén en regla mágicamente. Como que los encargados de administrar la cultura y gestarla no tienen idea de dónde viven o qué pasa aquí... Perdón, es que es de lujo a veces...

PODEMOS MEJORAR ALGUNAS COSAS FACILMENTE

Sí podemos construir una verdadera política nacional de exhibición alternativa. Cómo no se ha pensado antes desde DAFO. No tengo idea. Pero Ministerio de Cultura y DAFO, conjuntamente con las salas, cineclubes, productores, distribuidores y demás agentes del sector, podemos sentarnos con verdadero interés y trabajar. La data la tenemos nosotros, la capacidad de actuar la tienen ellos.

Soñar no cuesta nada, imagínense poder desarrollar cosas como...

1. Un estímulo sustancial y permanente para el sostenimiento de salas existentes, independiente de los estímulos destinados a la creación de nuevos espacios.

2. Financiamiento plurianual o mecanismos de continuidad, para evitar que una sala pueda equiparse durante un año y desaparecer cuando termina el estímulo.

3. Reconocimiento como gastos esenciales de los derechos de exhibición, remuneraciones del personal, programación, alquiler, servicios, mantenimiento de equipos e infraestructura, promoción, comunicaciones, formación de públicos y actividades de mediación cultural.

4. Una línea específica para programación, que permita a las salas pagar dignamente por las películas que exhiben y construir relaciones sostenibles con productores y distribuidores.

5. Mecanismos de licenciamiento cultural y negociación colectiva de derechos, particularmente para actividades de formación de públicos y exhibiciones comunitarias.

6. Requisitos administrativos proporcionales a la escala y naturaleza de los espacios, sin renunciar a la seguridad ni a la legalidad, pero reconociendo la realidad de la gestión cultural independiente peruana.

7. Un registro nacional actualizado de salas alternativas y cineclubes, acompañado de información sobre programación, asistencia, necesidades, equipamiento y continuidad.

8. Una mesa permanente de trabajo entre el Ministerio y el circuito alternativo, porque una política para nuestras salas no debería diseñarse sin escuchar a quienes las mantienen abiertas todos los días.

Y como tema aparte pero central: dejar de considerar a la exhibición alternativa como el último eslabón de la cinematografía, aquel al que se atiende después de financiar desarrollo, producción, postproducción, investigación, formación, promoción, distribución, en construcción, restauración, reconocimiento de la carrera y todo lo demás.

HONESTAMENTE... NO NOS DEJEN DESAPARECER

Nos hemos encargado durante años de recibir a cineastas, proyectar sus pelis y conversar con ellos. A veces, llegan desganados o tristes porque la exhibición comercial duró muy poco tiempo y sienten que mucho esfuerzo y recursos se han ido al tacho. Y siempre les decimos: no se preocupen que aquí recién empieza el recorrido. Les damos los teléfonos de todas las salas, conversamos con ellas para que programen las pelis. Les hacemos saber a directores y productores que no están solos. Como si estuvieras en un bosque oscuro y tenebroso en el que de pronto se revelan cientos de bichos dispuestos a ayudarte a encontrar un camino.

Cuando una película terminó su recorrido comercial, hubo una sala dispuesta a proyectarla. Cuando una película nunca consiguió entrar a una sala comercial, hubo una pantalla. Cuando un director quiso conversar con veinte personas después de una función, hubo veinte sillas. Cuando fueron cincuenta, buscamos cincuenta. Cuando un productor nos pidió todos nuestros contactos, no nos tembló el dedo para dárselos sin excepción.

Con glamour o sin él. Con alfombra roja o con sillas prestadas. Con grandes presupuestos o pasando la gorra. Nos reunimos a ver cine. Y algo extraordinario ocurre todavía cada vez que un realizador entra por primera vez a una pequeña sala de barrio para presentar su película. Descubre espectadores que han venido específicamente a verlo. Llegan a San Bartolo desde distritos lejanos, desde la ciudad, porque esta película en particular tenían que verla. Termina la función. Se encienden las luces. Empiezan las preguntas. Una conversación que debía durar veinte minutos dura una hora. Y Andrea siempre pidiéndome cortar para que la gente pregunte más. Y las conversas acaban por obligación porque podríamos hablar horas.

En ese momento resulta evidente para qué existe una sala alternativa. No para competir con una comercial. No para reemplazarla. No para enriquecerse. Existe para que entre una película y una comunidad pueda ocurrir un encuentro. Ese encuentro tiene valor cultural. Tiene valor educativo. Tiene valor territorial. Tiene valor económico dentro de la cadena audiovisual. Y, sobre todo, tiene un valor que desaparece si nadie asume el costo de hacerlo posible.

Hoy, quienes hemos sostenido estos espacios, estamos cansados. No porque hayamos dejado de amar el cine. Sino porque durante demasiado tiempo se ha supuesto que ese amor sería suficiente para pagar las cuentas. No lo es. El entusiasmo es un recurso extraordinario, pero también se agota. Y estamos advirtiéndolo ahora, mientras todavía existen salas que proteger, programadores que quieren seguir programando y comunidades que todavía quieren reunirse frente a una pantalla. La sala alternativa es uno de los ejes invisibles del cine peruano. Si desaparece, probablemente no escucharemos un gran estruendo. Una sala cerrará. Después otra. Un cineclub dejará de programar. Un gestor se cansará. Un proyector quedará guardado. Una comunidad perderá su punto de encuentro. Y solo después comprenderemos lo que habíamos perdido.

No esperemos a que eso ocurra. Cuidemos ahora las salas que todavía operan.

Esta reflexión es producto de mis conversaciones con mis compitas de otras salas, a quienes respeto y admiro por nunca parar, pese a que yo sé que ellos también saben que todo ese esfuerzo no lo reconocerá nadie.